Llegaron y todo fue alborozo, eran más jóvenes y nuestras esperanzas las pusimos en ellos con el ánimo de que sus energías fueran mayores que las nuestras. Pero sus esperanzas no eran las mismas y nuestro alborozo lo sabía…Nuestros enemigos no eran sus enemigos, ni nuestras canciones las suyas, aunque fueran más mías que quienes tenían mis años, porque esos, mis coetáneos, ya atravesaron el desierto de arena con la botella de agua y yo estaba solo en los comienzos, seguramente dispondría de garrafas en una travesía que era la misma pero también otra, vivía otros tiempos.
Nunca tuve vocación de mártir, ni de condenada, ni de bruja, ni de zorra urbana. En realidad nunca tuve vocación alguna, todo siempre fueron sueños imposibles-como todos los sueños- esparcidos en oídos particulares y ajenos que se prestaban a la escucha, solitarios que habían fracasado en todos sus intentos por respirar otro aire no contaminado ni contaminante. Se sabían bien las canciones, las consignas, poseían todos los viejos instrumentos ahora inútiles.
Mi justicia particular, mi enajenamiento, mi coño escondido en noches de ruina, tanto tributo, tanta sospecha…y tantas putas facturas, siempre las jodidas facturas como pasaporte necesario que debía pagar de camino al oasis y al sosiego, un oasis que al final resultaban ser un timo y una fruslería, un techo con suelo de arena.
Indudablemente, todo este discurso emana del gozo etílico de mis entrañas,…pongo coma, no sé como calificarlas, me refiero a mis entrañas. En fin, emana de mi desvarío. A decir verdad no sé si tengo entrañas, pronuncio la palabra: entrañas, y me vienen decenas de vientres porcinos abiertos, los huelo, recuerdo sus tripas llenas de excremento como un tesoro digno de cuidado. ¡Qué conservadoras logran ser las tripas de las entrañas de un cerdo! Casi como un divino tesoro en los inviernos crudos, medievales, de no hacia tantos años antes de que nos llegaran ellos con sus ropas de plástico y sus gafas de fibra.
Nada es lo mismo ya, pero nada debe ser lo mismo nunca, porque el cambio es lo que permanece, quien no atiende esta regla está perdido, se quedó en el trayecto, congelado, fosilizado, como las canciones que recuerdo. No hay universo, la palabra universo es una invención, como todas las palabras, hay sólo recodos, veredas, fugacidades… Luego vienen ellos, los de la botella de agua, la garrafa de la que puedo disponer, y organizan, totalizan, sientan las banderas, el territorio, la posesión. Y una se queda pasmada. Otra vez la historia comienza y otra vez se disiente como en un ciclo burlón de sol y luna.
Nunca tuve vocación de mártir, ni de condenada, ni de bruja, ni de zorra urbana. En realidad nunca tuve vocación alguna, todo siempre fueron sueños imposibles-como todos los sueños- esparcidos en oídos particulares y ajenos que se prestaban a la escucha, solitarios que habían fracasado en todos sus intentos por respirar otro aire no contaminado ni contaminante. Se sabían bien las canciones, las consignas, poseían todos los viejos instrumentos ahora inútiles.
Mi justicia particular, mi enajenamiento, mi coño escondido en noches de ruina, tanto tributo, tanta sospecha…y tantas putas facturas, siempre las jodidas facturas como pasaporte necesario que debía pagar de camino al oasis y al sosiego, un oasis que al final resultaban ser un timo y una fruslería, un techo con suelo de arena.
Indudablemente, todo este discurso emana del gozo etílico de mis entrañas,…pongo coma, no sé como calificarlas, me refiero a mis entrañas. En fin, emana de mi desvarío. A decir verdad no sé si tengo entrañas, pronuncio la palabra: entrañas, y me vienen decenas de vientres porcinos abiertos, los huelo, recuerdo sus tripas llenas de excremento como un tesoro digno de cuidado. ¡Qué conservadoras logran ser las tripas de las entrañas de un cerdo! Casi como un divino tesoro en los inviernos crudos, medievales, de no hacia tantos años antes de que nos llegaran ellos con sus ropas de plástico y sus gafas de fibra.
Nada es lo mismo ya, pero nada debe ser lo mismo nunca, porque el cambio es lo que permanece, quien no atiende esta regla está perdido, se quedó en el trayecto, congelado, fosilizado, como las canciones que recuerdo. No hay universo, la palabra universo es una invención, como todas las palabras, hay sólo recodos, veredas, fugacidades… Luego vienen ellos, los de la botella de agua, la garrafa de la que puedo disponer, y organizan, totalizan, sientan las banderas, el territorio, la posesión. Y una se queda pasmada. Otra vez la historia comienza y otra vez se disiente como en un ciclo burlón de sol y luna.

